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Sobre la vuelta a la presencialidad escolar

Salvar la complicada situación en la que nos coloca la epidemia implica una profunda reestructuración de la institución escolar, institución cuyo fundamento existencial es la socialización cívica. El objetivo es volver a la presencialidad conciliando las exigencias de los protocolos de seguridad sanitaria con los requisitos de la organización educativa, para que el virus no dañe más de lo que lo ha hecho a las infancias y adolescencias.

A continuación, comparto algunos ejemplos para poder pensar la situación, involucrando a cuatro escuelas de nuestra ciudad en un radio de dos manzanas: Escuela Normal (primaria y secundaria), 1200 alumnos; Escuela Comercial, 500 alumnos; Escuela (ex)Nacional, 500 alumnos; Jardín Colmenita, 300 alumnos. Números globales, que pueden variar en +/- 100/200 alumnos (sin contar acompañantes). Total del movimiento de alumnos: 2500, es decir 1250 en cada turno.

Los alumnos ingresan a los establecimientos de a uno, lavan sus manos con alcohol, pisan la alfombra con lavandina, se le toma la temperatura y ocurre un breve diálogo (¿cómo estás hoy?, ¿cómo te sentís?, buscando elementos que apunten a un control sintomatológico). Tiempo por cada estudiante: ¿15 segundos?

Todo ese alumnado, dispuesto en fila a 1,5 metros de distancia en las veredas de las escuelas insumen: Normal, 400 metros lineales; Comercial, 333 metros lineales; Nacional, 333 metros lineales; Jardín, 200 metros lineales. Son 1266 metros lineales en total por turno escolar (comparar con las filas al ingreso de los comercios o bancos o la organización que hay en Ezeiza para los vuelos, que pueden llegar a ser cifras similares si hay partidas de varios aviones). Evidentemente, las veredas no alcanzan. Hay que cerrar las calles al tránsito. ¿Quién se hace responsable de la organización de todo esto y tendrá entre sus funciones resolver los problemas que se presenten, teniendo en cuenta que deberán aguardar fuera del edificio?

Un recreo de 20 minutos permite ventilar las aulas. Si los alumnos van a un patio descubierto, deberán observar la distancia de 1,5 metros, al igual que dentro de los salones. No hay patios que reúnan esos requisitos para la cantidad de estudiantes involucrados.

Si llovizna: ¿cómo se procede? Obviamente, hay que suspender el ingreso. ¿Quién toma esa decisión? ¿En qué momento? Si comienza a llover cuando los alumnos hayan ingresado, no podrán disponer del patio descubierto. No habrá recreo ni ventilación de los salones. En esa circunstancia ¿Se desobliga al alumnado? ¿Quién lo decide? ¿Cuál es el mecanismo para retirar a los estudiantes? En ese escenario, no existirán las condiciones que el protocolo exige para que la escuela sea un lugar seguro. Son sólo unas pequeñas cuestiones que no están resueltas. Pero que pueden traer graves consecuencias.

Lo anterior es absolutamente impracticable. Sin embargo, si respetamos el número de alumnos sanitariamente aceptable por cada grupo (es decir, 8 alumnos por grupo) y consideramos que cada sección, año o grado (entre 30 y 40 alumnos cada una/o) puede dividirse por 4 o 5 subgrupos, la cuenta final nos da el resultado que cada grupo de 8 alumnos tendría un día de clase por semana y alguna semana al mes dos días de clase. No obstante, la fila al momento del ingreso contaría con 60/80 alumnos a la espera, insumiendo aproximadamente 15 a 20 minutos de tiempo, por cada institución. En el caso de la educación secundaria, se desarrollarán en ese día tres o cuatro asignaturas. Con un sistema de rotación se completaría en un mes la totalidad de las materias exigidas por los planes de estudio.

Esta última hipótesis, racionalmente viable y más coherente con los protocolos, no admite la
bi-modalidad. No es posible conciliar todas las variables. Son las restricciones que impone el coronavirus.

Armando Yualé – AMSAFE Caseros